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Tuesday, November 6, 2018

Cuento del sueño: “Desde el tren urbano"

Ya no podía calcular los minutos como hacía de costumbre, por mi obsesión de mantener todo en orden. Sé que eran las dos y treinta ocho cuando me monté en el carro, y a penas el reloj marcaba las seis. A mi derecha tenia mi agenda con los cuadritos de tareas del día vacíos y mi móvil junto a ella, con trece llamadas perdidas, seguramente de mi madre. La lluvia tampoco ayudaba. Impedía mi movilidad. Había dejado de respirar.

Comencé a contar, a controlar mis ansias de gritar en desespero mientras las lágrimas se esparcían entre mis pecas. Mis adoradas pecas, se ocultaban entre mi rostro carmín por la presión alterada. Presión que no decidía si subir o bajar.

Mis labios no atrevían a soltar ni una sola palabra. Por eso no quería escuchar a mi madre, sabiendo que iba a preguntarme dónde estaba y yo no deseaba confesarle que aún seguía aquí, en el estacionamiento del tren. Mi mirada se encontraba fijada en el abismo, pero interrumpida por otra innecesaria construcción que desmantelaba lo poco que nos dejó el huracán María de verde.

No conseguía consuelo entre los aparatos amarillos que cesaban sus operaciones, y los constructores que intentaban mover lo que quedaba entre las gotas del cielo.

Y es que las nubes, grises y cargadas, no podían llorar más que yo.

Todo lo que hacía, ¿Para quién y por qué? Lo que pensaba que estaba supuesta hacer no era más que una ilusión periférica. Mi única motivación de seguir y la razón por la cual decidí enfocar mi dolor se me había desgarrado. La base de mis movidas y lo que me levantaba el día a día, lo que en ocasiones me impedía hacer lo que se me diera la gana, pero que al final no importaba, era ver su sonrisa.

No me atrevía ni a pensarlo. Esa memoria no paraba de repetirse, una y otra vez, como si no quisiera entender que era verdad.

No fue hasta que escuche el cristal de mi carro sonar, que me mirada cambió.

--Señorita, yo sé que es un momento difícil para usted, pero necesitamos que pase con nosotros un momento.— me dijo el oficial vestido en su típico uniforme aburrido. Su cara de mala paga y su voz indiferente, me dejaron parapléjica. En estos momentos… un poco de consideración. Pareció haberme leído la mente. –Sé que no está de humor, pero nece—

Le interrumpí de manera brusca, sorprendida por mi tono. -¿Qué más usted desea de mí? Ya vi la escena, fui donde ella, indenti—

Mis palabras se cortaron, por un sollozo.

--Lo sé, señorita. Discúlpeme. Yo hablo con el oficial y si requerimos algo más de usted, la llamaré personalmente. No era mi intención molestarla más.— Con eso se metió en un carro con envoltura policiaca y prendiendo unas luces que me cegaron, se retiró así del estacionamiento, dejándome ahí, soltar un poco de lo que tenía adentro.

No podía evitar recordar, lo cual me ocasionaba más angustia.

Había dejado de respirar otra vez, pero interrumpida por gritos propios que no podía controlar.

Eran cascadas, ahora, expresando la escena que acontecí al bajarme del tren. Antes de las trece llamadas perdidas, había cinco adicionales. Mi madre nunca me llamaba tanto. Le devolví la llamada según podía, y fue ahí cuando la escuché con un taco en su garganta. --¿Mi amor?—trató de esconderlo, pero yo la conocía demasiado y alarmadamente le preguntaba que pasaba, que me dijera de inmediato.

Corrí lo más rápido que pude, se me cayeron las gafas, el abrigo, la botella de agua y no me importó. Llegué a la estación del Deportivo y de ahí corrí. No aguantaba las ganas de llegar hasta la última estación e ir en carro. Nunca pensé haberlo vivir algo así.

Había cintas amarillas alrededor de la escena, la muchedumbre en asombro y cinco policías cubriendo lo que estaba pasando. Dos pedían desesperadamente a los familiares de las victimas alejarse, uno dirigía el tránsito, uno andaba en el teléfono y el otro incrustado en su libreta de a peso. Paralizada entre el medio de todo, escuché mi nombre. Era la madre de él, tirada en el suelo. Ignoré una segunda llamada y como poseída, mis pies se adelantaron antes que mi mente pudiese cuestionarse el que estaba haciendo.

--Señorita, por favor… ¿Es familiar?-- ¿Familiar? Lo empujé del camino, con una paliza. No me importó el reclamo de su compañero y mucho menos el dolor que me dejó en los nudillos. El oficial me pedía que me mantuviera alejada en lo que llegaban los paramédicos.

Dejé de respirar.

La piel se me convirtió en hielo, mis labios se secaron y mi caminar se detuvo.

Ahí estaba.

Su cuerpecito angelical, y sus rizos dorados, teñidos de rojo. El suelo la sostenía. Sus ojitos color verde habían quedado abiertos en asombro. Solo podía imaginar que fue lo último que vio. 

Mis gritos se escucharon por todo Bayamón, de eso estoy segura. Nadie me podía contener cuando la ambulancia tuvo que retirarla del pavimento. Ni me había percatado que, a solo pasos, el cuerpo de su padre se encontraba incrustado entre los cristales.

A los minutos llegó mi madre, que fue la única que pudo hacer que bajara la intensidad de mi desespero antes que me fuese a dar algo a mí. Solo me abrazaba y me besaba el cabello, mientras yo me derretía entre sus brazos, escuchando a lo lejos la causa.

Estaban de regreso a su casa. El semáforo de la intersección, aun intermitente por negligencias del gobierno, y sin tomar la debida precaución, un camión se llevó enredado su Corolla azul y junto a ello, mi vida entera.

Una catorceava llamada de mi madre interrumpió la escena en mi mente. Sin pensarlo presioné el botón verde de mi guie. — ¿Mamita? Te estoy esperando en casa pa’ que te tomes un café. Ven, mi amor. Por favor.

Su última palabra se quedó retumbando en mi oído, como si ella estuviese a mi lado.

Por favor.

La lluvia desvaneció, las grúas se fueron y las cuatro paredes de mi habitación me protegían de probablemente lo peor que pude haber soñado en mi vida. Inmediatamente marqué el teléfono, mis manos temblorosas aun, sin caer en tiempo, ni en mi realidad inmediata.

--¿Qué es?— su voz molesta, como siempre, contestó al otro lado. Lo detestaba tanto, por su arrogancia e ignorancia…, pero no para verlo como lo vi en mi mente.

--¿Qué harás hoy?— le pregunté, a lo cual me respondió que para que yo quería saber. –Solo no salgas, hoy, por favor.—le dije.

—¿Por?

—A pesar de todo, no quisiera que te pasara algo malo.— Con eso di por terminada la llamada. Un movimiento brusco surgió a mi lado y con un giro, su piecito helado terminó en mi cara, otra vez. Agradecida con la vida, maldije mi inconsciente, porque si ella me llegase a faltar antes de yo irme, me moría con ella.

Monday, April 30, 2018

Por no ser una Paola Bracho me convertí en una Marimar

No se trata de victimización, sino de expulsar un peso que llevo dentro, puesto que siento mucho el cómo mientras intentó abrir la puerta, ya yo estaba fuera por la ventana. No deseaba quedarme encerrada en las cuatro paredes de lo que fue la peor decisión de mi vida. Mientras se llevaba sus pertenencias, yo abrazaba su camisa, el gancho pillado entre mis piernas y la progenitora amarrada entre el cálido antebrazo de Morfeo; sus dulces palabras susurrando que se quedara junto a él unos minutos más en lo que mi llanto cesaba.
Tiempo después tocaba la puerta nuevamente, como era de costumbre, como era la rutina, pero ya la advertencia estaba en el aire y luego de setecientas treinta y una amanecidas, mis labios partieron verticalmente con la palabra “no” mezclándose entre el estrecho aire. Era redundante el ofrecer una razón y entiendo que fue injusto el continuar abriendo y permitiendo constantemente el que sus pasos se marcaran por mi alcoba. Yo nunca fui la villana, no era mi intención, ni mi promesa el hacer la vida de cuadros a alguien a quien mi corazón entregué genuinamente, convirtiéndome, sin embargo, en una sumisa e ignorante que, por no herir a nadie, la pisotearon sin aviso, escupiendo en el rostro todo aquello que no era verídico y que fue aceptado con tal de no renunciar a mis valores ni principios. Siempre anduve con la idea de que mi corazón fuera enmendado, sutilmente tejido de vuelta porque lo único que deseaba era un final feliz.
La realidad es que nunca pensé que una vez cerrara la puerta, me tocaría entonces hacerlo a mi sola, buscando alguna instrucción de como sostener la aguja y traspasar el hilo por su apertura. Por eso admito que en varias ocasiones me encontré con mis yemas rozando la manija hasta que eventualmente opté por buscar una salida alterna.
Me hirieron varios motivos, inicialmente porque él nunca supo demostrar que mis acciones eran suficientes y que no se veía obligado a repartir caricias indecentes a por doquier, a recoger margaritas del campo vecino, haciendo y deshaciendo todo eso que no hacía por mí. Entonces entendí que nadie hace lo que no quiere y que uno da la milla adicional por personas que según ellos valían la pena. No era yo, solo no era su persona indicada. No comprendía por qué si yo había dejado la llave de mi alma en la palma de su mano, no combatió millones de guerras por ver mis variadas sonrisas. La respuesta era: porque simplemente no quería. Lo tuve que aceptar, en especial cuando me comencé a sentir conforme en mi soledad y comencé a notar todas las cosas que susurraban a mis espaldas. No debí haber perdido mi tiempo desde el primer choque galáctico que hiso consecuentemente que se derrumbara mi mundo. Basado en eso aprendí a desconfiar en todo lo que tenía que ofrecer.
Todo esto me llena de rabia, quizás por la lucha interna que cargo hace año y medio desde que cerré la puerta. Múltiples puntos estiré sobre mi mesa: el cómo ser una repugnante Marimar me había llevado a nada, como darlo todo no era nada y como ser nada me lleva a nada. Mas aun cuando sentía que por querer moverme hacia adelante con mi vida me era casi imposible. Yo lo único que deseaba era estar con ella, sus cachetes rosados y dientes de leche que me ofrecían toda la libertad. Sus pequeños ojos verdes me aseguraban que todo está bien y que todo valía la pena. Pobre de mí encanto, que era utilizada y reutilizada para mortificarme, amenazarme con nuestra separación infinita porque no sabían comprender que yo necesitaba que todo se acabara. Que, por remordimiento, por celos y egoísmo, no se me permitía hacerlo todo.
Él era la persona más vil de planeta, dado a que por eso decidí no ir tras él, porque al yo inhalar y exhalar por primera vez después de tener su brazo marcado entre mis amígdalas, pude notar que a quien yo amaba, no era quien yo pensaba que era. La decepción nubló mi vista más rápido que cuando estaba en el trance de sus caricias. Era imperdonable en todo lo que mi ser transformó en cascadas que se desbordaban más allá del río. Entonces, ¿Por qué me molestaba tanto? Simplemente porque lo encontraba injusto, inexplicable, e incoherente como ser bueno no te lleva a nada. La vida no era un bumerán en donde uno recibía lo que uno daba, dado a que, si fuera así, la inclinación de este conjunto de palabras fuera demasiado diferente. Sin contar como me había tenido que morder los labios con tal de no crear conflicto alguno, con tal de obtener un aura de tranquilidad.
He aprendido ha mantenerme en paz y amar cada línea, punto y curva de piel para poder arriesgarme a querer vivir mas allá de la tormenta. Su partida fue la mas dolida de mi vida, mucho mas profundo ardor que descubrir cosas que no podría redactar aquí, pero esto no significa que he de amarle otra vez. Sus palabras fueron punzantes y sus acciones fueron imperdonables. Uno se puede caer múltiples veces hasta descubrir donde esta situada la grieta del suelo. Y sobre todas las cosas le deseo la mayor felicidad del mundo, pero lejos de mi alma. Lejos de como luego de tanto tiempo y tanto amor propio, he descubierto que prefiero ser la mujer indicada para mí. Eso es suficiente.