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Wednesday, October 9, 2019

Espero

Con la esperanza de un beso,
Sus pétalos, tiernos,
Que susurran utopías disfrazadas de encantos.
Sonrío ante la memoria de una casualidad.
Me traen recuerdos,
De pasiones aun no escritas,
Me traen promesas,
Suspiros de medianoche.
Son fuegos artificiales,
Que disparan como orgasmos,
Reencontrándose,
Fuera de tiempo y de alcance.
Es su disposición,
Su ternura y mi amargura.
Es su enredo,
Colándose entre la entraña,
Y que,
entre la ausencia,
Aún sabré esperar.

Tuesday, September 17, 2019

El café se volvió amargo



De un tiempo para acá y con varios intentos fallidos, descubrí que no todo el café era digno de probarse. Todo depende del gusto y yo, tendía a ser especifica con el mío: término medio, una cucharada y media de azúcar. Por alguna razón a no todos le quedaba igual. Inclusive mi madre, que utilizaba el mismo café, la misma leche y el mismo azúcar que yo, siempre resultaba diferente en sabor al que yo misma me preparaba.

Evidentemente. No todos eran iguales.

Recuerdo que cuando lo conocí, meses luego de nuestro primer beso, y dos meses dentro de una relación, fuimos a su hogar. Él se encontraba en la cocina, preparándome un café, frustrándose porque quería que todo fuera perfecto. Con una probada entre mis labios, había jurado que era el segundo mejor café de mi vida. Eso fue hace once meses específicamente. Por circunstancias de la vida, el sabor del mismo se volvió amargo. No lográbamos definir el porqué. Si era falta de detalle o ignorancia del detalle existente y fueron arduos meses de sentir entre las glándulas salivares una tos atascarse por el raro toque de grano molido y hervido.

No fue hasta que la ausencia de una taza, que me hiso entender eso que dicen de “no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”. En efecto, nunca había deseado tanto algo en la madrugada. Habíamos descuidado nuestros sentires hundiéndonos entre los amaneceres y atardeceres; no nos dedicábamos a amar—nunca fuimos de dejarle saber a todos cuan grande era ese sentimiento para ambos. Por ende, me toca llorar en silencio, porque no me daba cuenta de que lo que nos llevó al borde, en parte fue por quejarme de como serían las cosas en vez de apreciar las que realmente tenía.

¿Seria capaz él de ceder una nueva oportunidad? Al malentendido, a la interpretación, a la sutilidad del entendimiento, a la aventura, a los errores, a la cordura entre palabras, y yo sigo aquí sin entender como mejorar dentro de mi imperfección porque yo no me debo disculpar de ser humana. Solo me disculpo de no haberme dado cuenta que tan insensible pude haber sido por no abrir los ojos antes y ver todo lo que me decía que yo hacía, entre lágrimas. Fui irremediablemente ciega. Y juro ceder. Juro enmendar. Juro quebrantar esas partes indeseables de mi frágil existencia.

Porque mi amor, mi deseo por probar entre lenguas la dulce y espesa finura de su taza de intento y dedicación. Que por mas fuera de lo regular fuese, sigue siendo una taza existente. Una taza presente que nunca dejo de estar, mucho menos cuando yo más la necesitaba.

Tuesday, November 6, 2018

Con sabor a café


Era la tercera vez que sonaba el microondas. Automáticamente sonreí en respuesta a la exhalación frustrante que provenía de la cocina. Había una pared que dividía la cocina de la sala por ende no podía distinguir que estaba pasando; de igual forma no hacía falta. Tan solo con oírlo podía saber que movía la taza de lado a lado en desesperación como si quisiera que todo fuera perfecto. Yo le advertí al menos dos veces que hirviera la leche, pero es condición humana escuchar solo lo que se quiere escuchar. No hay nada más gratificante que decir “te lo dije”. Aun así, me quise mantener en silencio. Ya lo había molestado en varias ocasiones durante el día de hoy y estaba intentando probarle que no era una “bicha”, como casi todos pensaban. Llevábamos apenas dos meses de pareja y ya yo le había dado a entender lo contrario, pero si seguía ahí era porque algo andaba buscando. Mientras se movía cautelosamente hacia la sala intentando balancear las dos tazas de café, unas galletas Export Soda, un pedazo de pan y una servilleta para su sinusitis, me miraba con ternura con sus ojos en forma de anacardos. Yo lo miraba con una ceja elevada y me acerqué a darle una mano, porque de no hacerlo, su torpeza predecible me iba a dar la razón otra vez. Una vez situados los dos en el sofá, dirigí la taza a mis labios e inhalé sus propiedades. Tuve que exhalar más alto de lo usual. Mis ojos se fijaron en el techo de su casa y se elevaron hasta donde mis párpados le permitieron. Este nene era el diablo. Ya yo no sabía que más hacer con él. Intenté al comienzo de nuestra amistad, hacen diez meses, alejar toda posibilidad de algo más allá que un encuentro casual. Pero una cosa llevo a la otra. Una salida en grupo se convirtió en un “avísame cuando llegues” y sin darme cuenta, las llamadas, mensajes y encuentros surgieron con más frecuencia. Él tenía demasiados puntos a su favor y yo le dejé claro desde un principio que no quería formalizar nada. Pero aquí estaba yo, tomándome el segundo mejor café de mi vida (obviamente el primero es el de mi mama). Él era todo lo que yo quería, pero no me atrevía a decir. Él era todo lo que necesitaba, pero no me atrevía a admitir. Él era todo lo contrario a lo que acostumbraba, puesto a que ya nadie se atrevía amar. Su torpeza predecible, su dulzura impredecible. No la vi venir aun él advirtiéndome desde el principio que no le importaba nada, que a él le gustaba el amor a la antigua. Él creía en el amor y que si yo pensaba que él era peligro, que peligro era las ganas que tenía de hacerme feliz.