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Friday, May 8, 2020

20 de septiembre

te releo, porque quiero,
llámale masoquismo o incredulidad.
vuelvo a ese 20 de septiembre,
el cuál a veces digo que no siento,
pero sabemos que no es verdad.
no paro de escribir sobre ello,
ni vocalizarlo.
la gente se sigue moviendo,
y yo me quedo en el mismo lugar.
lleno de gente que no quiere nada serio,
lleno de hombres que solo buscan lo carnal,
que son muy perfeccionistas,
que les encanta la rumba,
pero no ir a desayunar.
me siento tan desquerida,
comparándome con modelos de instagram,
tratando de encajar en la monotonía,
en un noventa, sesenta, noventa,
y lo que la sociedad cree que es perfección,
pero es que siempre se me olvida que yo no soy perfecta.
soy torpe, nerviosa, cicatrizada, rellena,
demasiado enamorada y demasiado sola.
trato de cambiar el cannabis, por el vino,
por un perro de servicio, por una xanax,
por un té, por un amigo, por un cuchillo…. 
ya este mundo me queda demasiado grande,
 y yo no sé para donde andar.
ya este mundo tiene mucho peso,
que mis hombros no pueden aguantar.

Monday, May 13, 2019

Un Día Más

Despertar. Era todo lo que tenía que hacer para entrar en el mismo intento de alegría. En la misma idea que me imponen los que creen que saldrán de esta rutina incomprensible.
—¡Mariana!—gritó lo que parecía ser la voz de mi madre. No pensé en lo mucho que me molestaba su actitud frente a la escasez, como reaparecían exigencias dentro de mis silencios, más bien dirigidos en que cocinaría en el día de hoy con los escasos recursos que poseíamos.
Solamente en eso dedicaría toda mi mañana—en caminar ciertos kilómetros o millas al pie desnudo en busca de la comida del día. A penas vivíamos en un espacio, rodeados de un cubo de cemento de los pocos que quedaban en la ciudad. Me parecía motivo de agradecimiento, porque teníamos más que muchos. Solamente en dos ocasiones, en donde por falta de alimento en lugares cercanos, había logrado alcanzar las costas, pero para que no me pasara nuevamente, creé un plan. Realicé una lista en donde normalmente se encuentra una que otra cosa ya sean animales, o plantas con frutos. Nunca era seguro el hecho de que ahí hubiese algo, pero eso sólo era el primer paso.
La lista consistió entre los lugares más cercanos hasta los lugares más lejanos. La búsqueda, como dije, duraría toda la mañana, pero también puede que dure más. El caminar hacia allá solamente me tomaría tres horas enteras. Al menos eso estimaba.
Recuerdo la última vez que mis ojos contemplaron las hermosas telas pintadas de azul, rozando contra la arena, como si me exigieran en susurros que las acompañara. Paseaban sus curvas en movimientos unidos pero descontrolados. ¿Cómo era eso posible? Solo sé que era lo único que me decía que el viaje largo valía la pena.
Mi madre, anterior a todo, solía llevarnos a menudo. Preparaba bultos de cosas que no necesitaba, con tal de que no le hiciera falta nada. Suspiraba ante la ironía. Eran días largos bajo el sol, creando manchas que nos adornarían hasta el alma. Ahora solo eran días largos bajo el sol, en búsqueda de no una mejor vida, sino de acoplarnos a ella.
Mis ojos se fueron abriendo sin deseo y con máximo esfuerzo, me levanté de lo que pudimos convertir en nuestra cama. Luego de haber perdido las esperanzas frente al cambio repentino de tenerlo todo a nada, mi madre se ingenió un cartón, rodeado de bolsas y ropa vieja que habíamos encontrado en el camino. De esto básicamente se componían nuestras paredes: de inventos y obsequios que nos ofrecía la suerte. Por supuesto, siempre y cuando no nos encontrásemos a alguien en el camino que lo quisiera adquirir primero.
Sin pensarlo, fijé mi mirada al cielo y le agradecí a quien quisiera escuchar. Era muy difícil saber a quién creerle en este mundo. Solo pedí, que, si hubiese algo allá arriba, que escuchara mis plegarias.
El agradecimiento duró más de lo necesario; desde el rabo del ojo pude ver a mi madre entrar apresuradamente, vestida de ropas grandes que indicaban que andaba con el grupo que intentaba reestablecer las tierras.
Vi cómo se detuvo un instante como si estuviera pensando que hacer.  Luego de unos segundos, se retiró, probablemente contemplando mi acción sencilla.
Mi fe y deseo de estar en harmonía con el mundo era lo único que me permitía un poco de paciencia, tanto para mí, como para los que me rodeaban. Era donde único se me permitía un tiempo sin molestias, ni reclamos, ni exigencias.
Al terminar mis agradecimientos, me levanté del suelo y doblé el viejo y desgarrado pedazo de cartón, acomodándolo en una esquina, para crear más espacio para nosotros.
—¿Vas a salir hoy?
Me volteé al encontrar unas sombras. En mi trance de readquirir valentía, ni me había percatado que mis tres hermanos se habían despertado. Pues, con el grito de mi madre, ¿Quién no lo habría hecho? Con un beso en cada una de sus cabecillas, les rogué que contuvieran la paciencia y esperanza necesaria. Sería entonces esto mi motivación inicial y como mi amuleto de buena suerte para encaminarme a mis diligencias.
Caminé por el ardiente campo, mendigando entre las pocas brisas que se avecinaban y gotas de cortesía que se deslizaban por mi yugular. De un tiempo para acá, ya no era mucho lo que quedaba. Había sido un golpe de brisa precisamente lo que nos había arrancado los lujos, las necesidades y para algunos la vida. En menos de siete meses, según marcábamos en la pared, nuestra isla se había convertido en tierra de nadie y tan drástico cambio, provocaba lágrimas que solo quedarían estancadas entre los comienzos de mis ojos. Jamás las permitiría salir.
Después de un tiempo, arrastrando mis piernas, a lo lejos avisté una planta en crecimiento y con mucha calma, me recosté de mis rodillas y me incliné hacia ella. Justo cuando mi mano se extendió, abrazando su verdura, entrelazándola en mis dedos para ser extraída, sentí un azote entre mi rostro que me llevó al suelo. Sorprendida ante al ataque, rebusqué con la vista la razón de mi desorientación, hasta que encontré, no muy lejos, un papel periódico, arrugando y con la tinta casi en vela.
Hacía tiempo no veía uno de esos…
Desesperadamente, me dirigí hacia él, raspando la tierra en un intento de cogerlo. Vi sobre una esquina un titular nauseante:

Septiembre 15 de 2058: El día del fin, masivo fenómeno que podría destruir

Es que ni yo misma me quería acordar de ese día. Gritos, sollozos, gente corriendo y gente perdiéndose entre sus propias masas. Nosotros éramos de los pocos que quedábamos porque decidimos quedarnos ese día. Mi hermanita menor cumplía y su deseo mayor era pasarlo en familia. Por supuesto Papá nunca estaría, ya que siempre se encontraba trabajando. Nunca supimos que pasó con él. Aun mi madre lo espera en la entra de nuestras paredes.
Decidí empujar esos recuerdos fuera de mi memoria y con ellos el periódico, porque ya eso no pesaba importancia. Al menos no en estos momentos donde mi enfoque era mayor.
Estiré mi brazo, alcanzando lentamente el alimento mientras recorrían por mi mente imágenes de sonrisas tibias de mis hermanos. Estaba segura de que les iba a gustar esto que les traía; sabía que estarían agradecidos de mi esfuerzo.
Y eso era todo lo que quería…sus sonrisas.
Y era todo lo que pedía…un cariño dentro de este abismo de sucesos y carencias, que se nos deslizaban de las manos.
Y eso era todo lo que deseaba…hacer el más mínimo cambio, mientras caminaba regreso a mis paredes, a preparar algo que silenciara más allá que los dolores externos, el interno.
En eso consistían mis días. En amar…en vivir, y en esperar por un cambio…que pudiera no haber llegado nunca. 

Friday, May 18, 2018

Pequeños Mundos

Welma

No me sorprendió para nada su visita. Era costumbre ya, que Manuelito esperara que todo el mundo terminara de comer para buscar un poco de “pega’o” cada vez que se servía arroz en el colegio. Ese chamaco ya estaba por graduarse y yo todavía seguía sin comprender como él bajaba (o mejor dicho su mamá bajaba) todas las mañanas de Morovis para este hoyo de Toa Alta.

El nene según me contaban era un nene de bien, no se metía con nadie y era la sensación del equipo de béisbol del pueblo. A esta escuela le hacía falta más distracciones para esos nenes, para que no se metieran en tanto problema. Como me contaron los otros días, cuando me topé con las chicas hablando… Dora, la menor de nosotras en el comedor, nos dijo que vio en Wapa un segmento que como unas nenas allá fuera vendían sus cuerpos pa’ poder pagarse los estudios.

Que cosa, óigame.

—Negro, ya tú te me vas—le dije a Manuel mientras raspaba esa pega del caldero. Sin pensarlo comencé a sacar el residuo y separé un platito de plástico aparte desde que le traje a las chicas el menú de la semana.

Manuel caminó por la puerta trasera, pasando el grafiti que dejó la gente que se metió aquí a robar el año pasado, y bajó las escaleras que daban al comedor.

—Bendición, Doña Welma—me respondió, sonriendo. Ese nene hasta los dientes perfectos tenía; blanquitos como huevo de gallina andaluza. —Me voy, me voy, pero no se crea que me voy a olvidar de uste’—.

—Mijo, pero no me diga eso que lo mando a buscar—le dije riendo. —Y, ¿ya sabes que vas a hacer? Seguro que ya tienes todo planea’o—.

Él miro hacia abajo y movió la cabeza de arriba abajo. —Me voy, Doña Welma—repitió. —Quiero ser profesor, aun no sé de qué, pero sé que quiero motivar a la gente a dejar de estar tan metidos en el teléfono, no sé—.

—Eso lo decides después. Empiece a estudiar, vete ahí a la iupi y te coges las clases generales y eso. Eso fue lo que hiso la nena de Dora y ya es casi doctora la muchachita esa—.

Manuel cogió el plato de mis manos y estiró su mano libre para coger una de las cucharas plásticas que estaban a mi lado. —Yo me voy para allá afuera, es. Ya envié las solicitudes y una vez me llegué, cojo avión—.

—Ah, bueno—. Y no dije más. Encontraba un poco raro que fuera a estudiar allá afuera para ayudar los jóvenes de aquí, pero a lo mejor hablaba en general.

Lo que es tener la oportunidad. Yo que, si mi padre no me hubiera dejado en la puerta de Don Jacinto, el fundador de esta mismita escuela, a mis dos años, probablemente estuviera haciendo otra cosa que tejer mientras veo las novelas.

Liliana

Ese día decidió ganarse la vida engañando a la gente. Liliana solo quería comenzar desde cero. Ya no llevaba suerte alguna. Todas esas mesas atendidas y esas noches de micrófono abierto para ahorrar dos o tres dólares y venir hasta acá abajo, eran en vano de un punto a otro. No encontraba sentido a nada. Ya había ido a cuarenta y tres audiciones. Obviamente sin contar en la que vomitó frente al director por no haber comido nada. Ya se le estaba acabando el dinero y el tiempo. Lo único que ella quería era su “break”.  ¿Cuánto tiempo más necesitaba?

Entró por la parte de atrás de la casa, una piscina la invitaba a un ambiente acogedor. A pesar de estar vacío el patio trasero, había luces tenues encendidas a su alrededor. La casa se veía lujosa, las puertas de cristal, sus ventanas bien rectas y filosas como navaja. El color gris predominaba la estructura y en vez de denotar un espacio aburrido, le prestaba clase a su arquitectura.

Ya no había vuelta atrás. Esto era lo que tenía y debía de hacer para estirar un poco el tiempo predeterminado. Con un suspiro sopló el nombre escrito en la servilleta que le dio uno de los clientes del restaurante. Par de pesitos, nomas, por eso de que realmente te hagan falta. Sus palabras fueron como hielo deslizando por su espalda. Ya la garganta se le comenzaba a cerrar y los ojos a aguar, pero no había vuelta atrás.

Una silueta apareció entre las sombras. Detrás de un muro apareció un hombre, su pecho peludo expuesto ante su vista virginal. Así es que ella debía ganarse la vida, pensó. ¿Realmente valía la pena?

Pero es que ya no daba para más. Recordaba su viejito prender el fogón todos los viernes a las seis de la mañana para hacer las mallorcas más ricas de su pueblito Ciales y como sus cayos definían la curvatura de sus manos. Se le hacía los ojos agua el pensar que su viejito era muy viejito y las cosas se ponían cada vez peor para la gente que tenia negocio propio. A veces el pan no daba y había que restar de la mercancía para poder calmar la molestia del estómago.

Liliana iba de poquito en poquito, en contra de las directrices del viejo a trabajar por la Concha, a darle lo que sobraba después de haber echado gasolina y pagar las deudas.

Recuerda el verdor del campo, los caballos, la gente. Como todas las semanas andaban los chicos en bicicleta buscando de las mallorcas mientras ella escribía en su diario. Una vida demasiado perfecta, pero demasiada sacrificada. Liliana solo quería parar el sufrimiento de su Pa’. Nada era lo mismo desde que su madre partió.

Mientras los pelos sudados de ese hombre alto, rozaban sus mejillas entre un abrazo, Liliana deseaba con todas las fuerzas otra alternativa instantánea que la llevara a su campo.

El hombre robusto se despegó en modo de altera. Detrás de Liliana se escuchaban múltiples pasos fuertes. Sin apenas sentirlo, sin tan siquiera verlo, sus rizos caribeños cayeron sobre el suelo sumergiéndose en la oscuridad.

Manuel

Esa noche perdió completamente la memoria. Que bien la había pasado anoche con los muchachos.

Manuel y sus tres mejores amigos llegaron a su casa a las siete de la mañana. Sorpresivamente el papá de Manuel se la dejó pasar por haber sacado tan buenas notas en el semestre. Ya todo había terminado.

Si tan solo se fuera a jugar en las Grandes Ligas, como él quería. Talento tenía, disciplina por demás. No había razón alguna para descuidarse si era un niño completamente organizado y responsable. Sin embargo, quería perder el dinero en caridad. En decirle a la gente que hicieran algo más productivo con sus vidas. Que ironía. Manuel podía hacer todo lo que quisiera jugando béisbol. Caridad más el dinero.

Pero nada de eso le importaba a Manuel y por eso y más que nada quería hacer exactamente lo opuesto a lo que le decía su padre.

Ya estaba todo listo para la cena cuando anunció sus planes de irse a la Gran Manzana. Entre risas y felicitaciones se transportaba a su actualidad.

Manuel Edgardo Ortiz Pérez ya tenía su vida planeada. Paseaba entre la esquina boricua de nómadas buscando el sueño americano. La gente envuelta entre las luces colgando de los techos y el sonido de Gilbertito de fondo. Ahí todos sabían de su gente, pero no quien era la gente.

Manuel paseó los adoquines incrustados en ese suelo gringo con sus dos hombres más fieles. Ninguno de ellos se graduó con él. Ninguno de los dos ni de los que trabajan para él sabían como él era quien era.

Aún podía oler las mallorcas cialeñas que su hermana Elena le mandaba a buscar todos los viernes temprano. Su barriga enorme amenazaba a no negarle nada. Eso y la mirada de su mamá. Podrías ser el rey y si tu mamá te decía algo, había que hacerlo. Eso era lo único bueno que tenía Manuel. Sin embargo, los viejitos no se cansaban de ver el bien en él. Aparte de sus dientes, ¿qué tenía Manuel? Pero él podía viajar una vida entera en su bicicleta por las mallorcas y por escuchar al viejito que trabajaba ahí decirle que no se rindiera. Él le recordaba mucho a Doña Welma.

Una vez pasaron unos condominios turquesa, ya sabían que estaban por llegar. Cruzaron la cera, la lluvia creando un espejismo entre la carretera. Manuel llegó a la casa gris. Este hogar lo había comprado con su propio sudor, según decía. Era un imperio invisible y un mundo oculto en donde solo pagaba el que no tuviera miedo a morir.

Manuel era brillante, pero no de la forma en que todos pensaba.

—Ya está amarrada—le dijo un hombre alto frente a la puerta trasera. Manuel siempre odiaba que Francisco anduviera tan sudado con los vellos del pecho expuestos. La vista le causaba náuseas, probablemente peores que las de su hermana.

Entró pues al cuarto. —Liliana—la llamó. —No tienes que preocuparte por tu viejo, bebé. Ya lo hecho, hecho está. Él va a pensar que lo lograste acá y ese dinero es muestra suficiente—.

Liliana entre sollozos y gritos interrumpidos por la tela que cubría su boca a penas se entendía, pero ya Manuel tenía vasta experiencia con esas lenguas.

—Mensualmente le enviaremos una carta con una foto nueva y un cheque validando tu progreso. Quizás cuando tenga para comprarse un televisor, será demasiado tarde para enterarse. Lo cómico de los jóvenes de hoy día es que no saben cuánto tiempo pierden en la tecnología y tu papá no sabe ni lo que es un Instagram­—.

Liliana soltó un grito mudo, luego susurrando que su papá no era tan ingenuo para creerle tanta estupidez. Alguien iba a encontrarla, tarde o temprano.

—Setecientas noventa y ocho fotos. Tantos seguidores y nadie tiene idea de donde andas metida. —

Manuel junta sus labios en un silbido y los dos hombres de negro proceden a desprender a Liliana de sus tiernos rizos caribeños. El sonido de su teléfono distrajo la vista de tan perturbadora escena.

Los dedos desbloquearon la pantalla y un mensaje apareció en ella: Mijo, tu mamá me dio tu número. Quería felicitarte porque me dijeron que te graduaste con honores y que te aceptaron allá afuera. No te rindas que los buenos somos pocos.

—Doña Welma

Monday, November 19, 2012

Hacia una utopía con mi mejor amiga

Y luego de varios años, nos compraremos un caballo magistral con un cuerno de adorno para viajar entre los celestes. Hacia otro mundo. Otro mundo en donde las nubes son de mantecado y la luna, una cereza. En dicho mundo no se le permite acceso al problema. Posiblemente encontremos una fuente de alcohol pero solo para ocasiones necesarias. Existirán cuicas que nos recordarán a nuestra infancia perdida y cofres bajo tierra que enmarcarán cada uno de los recuerdos más bonitos de nuestras vidas. Justamente al final de este otro mundo, estará nuestro hogar. Nuestra casita echa de madera, preferiblemente color blanca para traer esperanza y paz. Habrá una neverita repleta de Nutella y unas lacenas llenas de pique y café que nos servirán para deleitar nuestros paladares mientras los domingos por la tarde reflexionemos acerca de la razón por la cual nos mudamos de mundo.

Por si el mundo se acaba…

“¿A qué le tengo miedo? A no poder hacer todo lo que quiero hacer, a no recordar nada de lo que hice, ni el poder encontrarme con los seres que amo en un futuro. Supongo que es normal sentirme así.” Esto eran algunos de mis pensamientos que me perturbaban entre un gran ataque de pánico que prometía ser duradero, al menos hasta que el veintiuno de diciembre pasara.
Es que hay tantas cosas que me gustaría hacer y el horror, y el pánico, siempre se apodera cuando la incertidumbre la acompaña. Ninguno de nosotros sabe realmente que puede pasar, por ende, tenemos que confiar en todo lo que papá y mamá (o papá solo, o mamá sola, o abuelo, o abuela, o tío, o tía, etcétera) nos han enseñado. Yo entiendo que no es culpa ni decisión de uno nacer donde nacimos o creer en quién creemos. Me sorprende que en realidad todavía existan tantas religiones con tantas cosas que la sociedad nos ha querido meter en la cabeza. Más creemos en los científicos porque estudiaron por muchos años, en especial de cosas fuera de nuestra vista, y entonces caemos bajo pánico. ¿El mundo se acabará? Puede que sí, puede que no, pero os aseguro que ni los mismos científicos lo saben. ¿Quién te dice que lo que llamamos historia es historia de verdad? Nadie lo sabe tampoco, puesto que el mundo y la vida son cosas tan complejas que nuestra capacidad mental no logrará entenderlo todo. ¿Qué si Dios existe? Nadie lo sabe. Los seres humanos debemos de confiar plenamente y esperar que ese sea el resultado.
Para mí si es bien importante creer en un Dios o al menos creer en algo porque la espiritual al ser humano lo calma ante las circunstancias que el cerebro no comprende. Y dicen por ahí que la NASA asegura dicho fin del mundo, solo que lo han expuesto simplemente como “una posibilidad” para que el ser humano viva una vida lo más tranquila posible. Así cuando le dicen a alguien que tiene una enfermedad mortal, que le quedan pocos días de vida y debería vivir todo como si no tuviera nada. De esta manera es que asocio lo que está ocurriendo en estos momentos.
Por supuesto que me tiemblan las manos mientras escribo, pero es porque tengo problemas mentales (creados por la misma sociedad abrumadora), por lo tanto, para mí un ataque de pánico o una pequeña taquicardia es normal. En realidad lo más que me pone así es que vivimos en una realidad donde siempre el futuro será incierto y mi mayor pánico es que, como no sabemos nada, no sé que esperar. Yo quisiera que alguien me asegurara que eso no es cierto, pero ni mi madre, mi calmante en momentos de lloriqueo, me puede decir eso. Déjenme decirles que mi madre es una mujer fuerte y situada firmemente en una religión. Ella se lo deja todo a Dios. A mí, sin embargo, todavía me queda mucho por descubrir. Hay tantas cosas que me gustaría saber, tanta gente que me encantaría conocer, tantas cosas que quiero hacer.
Quiero conocer mi origen (saber cosas sobre mi padre que nunca conocí), quiero conocer a mis demás hermanos y a mis sobrinos (que me dejaron con ilusiones de verlos en verano), quiero graduarme de la Universidad de Puerto Rico en Drama, quiero estar en una relación completamente seria por primera vez en mi vida, quiero tener un gato blanco y llamarlo Tembleque, quiero vivir por un tiempo con mi mejor amiga, quiero visitar países, cambiarle la vida a alguien, ayudar a alguien con necesidades, ser reconocida por algún cambio, tener hijos, pintarme el pelo de mil colores, conocer a José José, conocer a Shane Dawson, vivir en Italia por un tiempo, escribir una novela, rebajar un poco más, convertir a “Anastasia” en una obra de teatro… ¡Tantas cosas! En realidad tengo una lista mega larga que hice par de años atrás. ¡Toda una vida! ¿Qué no es difícil ser joven en esta sociedad? Vivimos en una sociedad tan podrida y que se encuentra inconclusa. Yo quisiera hacer un cambio, pero nuevamente, no sé que pueda pasar.
Todo esto comenzó cuando mi abuela murió hace once meses (el quince de diciembre de 2011). Ella fue quien prácticamente me crió y gracias a ella he aprendido tantas cosas. Honestamente la envidio por haber nacido en una época tan hermosa. Esa época de luchadores, de escritores, de gente que sonreía por todo, de trabajadores, de soñadores, de líderes, de curanderos, de enamorados plenos, de triunfadores, y sobre todo del EJEMPLO. Si no la vuelvo a ver, sería muy triste. ¡Por supuesto que somos tantos los locos! La vida es tan rara, tan complicada (y no por lo difícil, aunque lo es, sino porque no tiene una explicación simple). Y es incierta. Yo solo puedo esperar que todo lo que me han dicho es verdad. Por eso a mí me falta mucho por aprender porque ahora mismo yo no tengo una religión definida, ya que me han metido tantas cosas en la cabeza que ya no sé ni que creer. Más vivimos en una vida en donde no recordamos nada de lo que pasó antes con claridad, solo momentos y vamos pasando por esta vida bajo una rutina. La escuela, los pasatiempos, todo eso. Yo todavía me encuentro en esa etapa. A mis diecinueve años todavía estoy dentro de la rutina de la Universidad, sin tiempo para poder vivir plenamente. Luego de la rutina, ya cuando nos graduamos, es que comenzamos a dirigirnos a hacer lo que queremos a hacer para luego establecernos en un hogar y darle vida a otros seres para que vivan su vida. Entonces es que envejecemos y nuestra memoria se debilita para poder enfrentarnos a una muerte. ¿Por qué vivimos entonces? ¿Cuál es la razón de nuestra existencia en el planeta? ¿O simplemente no tiene que tener explicación?
Es normal mi miedo, pero como dice mi madre, no puedo dejar que el miedo me supere. Si el mundo se acaba pronto, sería una pena no poder hacer nada de eso. Si no hay una Gloria, sería una mayor pena no poder volver a ver a tantos seres maravillosos que he conocido en esta vida. Si no entonces, ¿por qué los conocí? Muchos se confían que dijeron lo mismo para el dos mil (2000), pero para ese tiempo muchos también se encontraban así porque todo nuestro futuro (de este preciso momento en adelante) es incierto.
¿Algo positivo que puedo ver? Si se acaba el mundo pues mis familiares no serán los que tendrán que borrar mi Facebook, ni mis otras cuentas, ¿no? Jaja, mentira. Soy charra a veces, pero hay que buscarle un humor a todo.
Pienso que todavía faltan cosas por ver, como la primera presidenta de los Estados Unidos, la paz mundial, el progreso de esta generación, el mejoramiento del planeta Tierra,la finalidad del racismo, los diferentes planetas que hay por ahí, la igualdad de los seres, la independencia de muchos pueblos, el descubrimiento de todo lo que nos rodea, entre otros.
No voy a pensar en lo peor, sino en lo mejor que pueda pasar. En diez días me toca hacer mi selección de cursos en la Universidad y estoy muy emocionada porque todo indica ir en buen camino. Digo, si no es que nuevamente llegue mi turno y me tenga que conformar con lo que queda. Y nuevamente, como todo en la vida, nos queda esperar. Al menos por mi parte me queda confiar en que pase lo que pase, todo estará bien.
Más si lo hubiese sabido antes, ni hubiese estudiado. Sin embargo me hubiese dedicado a cambiar al mundo para uno mejor para que cuando el final nos encuentre, nosotros le respondamos con que hicimos el mayor esfuerzo por estar unidos en vez de destrosarnos a nosotros mismos de una manera irreal.